Cristianos en Marruecos: “¿Y si un musulmán no pudiera leer el Corán en España?”

– Artículo publicado en El Confidencial. Febrero 2014-

El Hermano Rachid devuelve la llamada a El Confidencial a través de un número oculto y no quiere revelar en qué país ha fijado su residencia. Cuenta –“en el idioma que prefieras: francés, inglés o árabe”– que salió de Marruecos en 2005 junto a toda su familia después de años de persecuciones. Su suegro estuvo seis meses en prisión por proselitismo y él no va a regresar porque, en cuanto pusiera un pie en suelo marroquí, iría directo a la cárcel por el mismo delito.

Rachid es el cristiano más famoso de Marruecos. Su show, Preguntas atrevidas, tiene decenas de miles de seguidores en la cadena de TV evangélica Al Hayat, y también recibe amenazas de muerte todos los días. “’Te vamos a cortar en pedazos’, me escriben a veces en YouTube o en Facebook. Hemos cambiado cinco veces de domicilio, pero mi familia y yo tenemos una causa, conocemos el precio y estamos dispuestos a pagarlo. Alguien tiene que hacerlo”.

Este telepredicador evangélico de 40 años llegó al cristianismo, como tantos otros en Marruecos,escuchando una radio francesa, Montecarlo, que emite en onda media. Le atrajo la idea de un Dios humano que se sacrificó por los hombres y que estuvo entre ellos. Se formó durante cuatro años en cursos por correspondencia, acompañado por un misionero americano, hasta que llegó el momento de bautizarse “en el cuarto de baño de la casa de unos amigos. En la bañera”.

Conoció a su mujer en su círculo de amigos cristianos. Ella viene de una familia conversa y sufrió las burlas de profesores y compañeros de clase. Se casaron legalmente en Marruecos por el rito musulmán y en secreto por el cristiano yno pudo llamar a sus hijos Pedro, Lucas o Juan, como habría deseado, porque la ley obliga a elegir un nombre marroquí. Cuando muera, tendrá que repartir su herencia como dictan las leyes aquí: las mujeres reciben la mitad que los hombres.

Dos años de cárcel por “intentar convertir a un musulmán”

En Marruecos no se pena por ley el hecho de convertirse al cristianismo, pero hacer proselitismo, es decir, “emplear cualquier medio de seducción para quebrantar la fe de un musulmán o tratar de convertirlo a otra religión”, según dicta el artículo 220 del Código Penal, está castigado con penas de cárcel deseis meses a tres años. “Puedes vivir como un cristiano en Marruecos siempre y cuando lo escondas. Puedes serlo en casa, pero no puedes hablar de ello. No puedes encontrar una biblia porque no se pueden importar. Los niños tienen que estudiar el islam en la escuela de manera obligatoria. No puedes reunirte en casa porque la policía llega, entra por la fuerza y te arresta. Para el Gobierno marroquí sigo siendo musulmán. ¿Podemos, entonces, ser cristianos así?”, se pregunta Rachid.

El último delito religioso del reino lo protagoniza el joven Mohamed Al Biladi, de 31 años. Ayer quedó visto para sentencia su juicio en apelación en un tribunal de Fez. Fue arrestado y condenado en primera instancia a dos años y medio de cárcel el pasado septiembre por “intentar convertir a un musulmán”, una acusación que él niega. Mantiene su fe, pero asegura que no intentó convencer a nadie. Una docena de abogados se ha ofrecido a defenderle de forma desinteresada y, después de la sesión de ayer, son optimistas, sobre todo porque su caso se ha publicitado más que otros.

Jamaâ Aït Bakrim no tuvo tanta suerte. Fue condenado en diciembre de 2005 a 15 años de cárcel por “destrucción de bienes del Estado” pero su círculo más íntimo, según publicó la prensa local en su día, cree que los motivos fueron otros. Habló en público de su fe y llegó a poner una cruz frente a su casa. Poco tiempo más tarde, las autoridades colocaron dos postes telefónicos que bloqueaban la entrada a su tienda y, después de varias peticiones infructuosas para que los retiraran, Bakrim acabó por quemarlos. Cumple sentencia en la cárcel de Kénitra, a 30 kilómetros al norte de Rabat. Otros casos nunca ven la luz porque sería una vergüenza para la familia.

Faysal (nombre ficticio) accede a una entrevista bajo la condición de guardar su anonimato ycambia en el último momento el lugar de la cita. No ha pasado por prisión, pero conoce bien a la policía de Marruecos. En 1996 fue arrestado y sometido a interrogatorio a causa de su fe en el transcurso de una investigación sobre las actividades de un misionero americano con el que había contactado. Al misionero le confiscaron una agenda en la que figuraban su número de teléfono y su dirección. “Me llevaron a comisaría y me preguntaron si leía el Evangelio, si conocía a otros cristianos marroquíes y dónde se encontraban. Me dijeron que, por ser cristiano,jamás encontraría un puesto de trabajo fijo”.

Expulsado de su familia

Como consecuencia de la investigación, al enterarse de su conversión, la familia de Faysal le expulsó de casa. “Pasé un mes durmiendo en la calle”. Sobrevivió haciendo pequeños trabajos hasta que decidió cambiar de ciudad y empezar de nuevo. Lo más duro fue el rechazo de su familia. Faysal recuerda haber vivido el momento de su bautismo con sentimientos contrapuestos: “Estaba contento por recibir un sacramento tan importante para mí, pero no pude celebrarlo con los míos”, se lamenta, aunque no se echa atrás en sus convicciones. “Estoy contento por haber encontrado a Jesús, la figura que me atrajo de esta religión, y por haber encontrado a otros hermanos. Al principio creí que yo era el único cristiano de Marruecos”.

Un informe de hace unos meses del Departamento de Estado norteamericano arrojaba la cifra de 8.000 cristianos conversos. Ellos creen que son muchos más, pero la ley del silencio hace imposible calcular el número de cristianos que hay en el país magrebí, la mayor parte protestantes. En 2010, las autoridades nacionales expulsaron a un centenar de misioneros, estadounidenses en su mayoría, que predicaban el Evangelio, y el miedo ha calado hasta los huesos en la comunidad. El instituto rabatí Al Mowafaqa, que imparte teología cristiana a subsaharianos, atiende la llamada de El Confidencial con evasivas: “El director no está en Marruecos en estos momentos y si no se explica bien qué es lo que hacemos aquí, podría tener consecuencias dramáticas”, señalan. Ningún otro responsable accede a la visita de esta periodista.

En la catedral de Rabat, siempre bien vigilada, el padre Germaine Goussa, de Burkina Fasso, oficia la misa de las siete de la tarde ante una minúscula congregación de fieles: seis ancianas francesas, una monja y dos parejas de subsaharianos escuchan la palabra de Dios entre el tintineo del tranvía, que tiene parada junto al templo. El sacerdote sólo lleva un año y medio en Marruecos, pero tiene bien aprendida la postura oficial, más acorde con la ley de los hombres, la que prohíbe el proselitismo en Marruecos, que con la de Dios: “Estamos en un país musulmán y les agradecemos que nos acojan como cristianos. La Iglesia católica respeta la ley del país. Sí, es una pena que no podamos acoger a los marroquíes, pero si alguien viene y le bautizamos, hay que pensar en las consecuencias que eso podría tener”.

Desde Salé, ciudad vecina de Rabat, el padre Hicham (nombre ficticio), asegura que nunca ha tenido problemas con el Estado, que su único trauma es no haber podido volver a saludar a su familia, a pesar de que viven en la misma ciudad. Uno de sus familiares ha llegado a cambiar de mecánico, porque llevaban el coche al mismo taller, para no tener que encontrárselo. Sin embargo, no quiere decir por teléfono cómo celebran los cultos. Lo explica el Hermano Rachid: “Se celebran en casa de amigos, como si fuera una cena. Hacemos nuestros rezos, cantamos, pero en silencio, para que no te oigan los vecinos. Cuando terminamos, salimos de dos en dos, para no levantar sospechas”.

“Imagina que un musulmán en España no pudiera leer el Corán o que no pudiese llamar Mohamed a su hijo. Es absurdo, pero ellos lo ven de esa manera. Todas las leyes tienen que estar a su favor”, continúa, enfadado, Rachid. Hace justo un año le escribió una carta abierta al rey Mohamed VI, en forma de vídeo, en la que pedía derechos para los cristianos marroquíes: tener biblias, poder reunirse, enseñar el cristianismo a los niños, poder elegir nombres cristianos y poder celebrar matrimonios y cultos.

El Estado marroquí no parece estar dispuesto a cambiar sus leyes. Según el padre Hicham, sería una provocación para el sector más duro de los islamistas, al que Marruecos quiere mantener a raya, así que seguirán celebrándose bautismos en bañeras, se seguirán trayendo biblias con las tapas camufladas y las celebraciones nunca serán multitudinarias en los banquetes de boda. Para el Hermano Rachid, lo más peligroso del cristianismo a ojos de Marruecos es que permitiría a los musulmanes hacerse preguntas, iniciar un proceso de pensamiento crítico y cuestionar lo establecido. “No puedes cuestionar si el Corán viene o no de Dios. Pero ¿y si fue Mahoma quien lo escribió, él mismo, sin ninguna revelación?”. Esa es, probablemente, una de las preguntas más atrevidas del Hermano Rachid.

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Las mujeres que no podían saltar la alambrada. (¿Te prostituirías por llegar a España? Inmigrantes esclavizadas en Marruecos)

– Artículo publicado en El Confidencial. Marzo 2014-

El barrio tangerino de Boukhalef ni siquiera tiene el sórdido encanto –para quien no ha conocido el hambre– que posee el Tánger decadente de las novelas de Mohamed Chukri. Es uno de esos barrios de bloques impersonales, construidos sin ton ni son, a 10 kilómetros de la ciudad, cerca del aeropuerto. La mayoría de los inmigrantes subsaharianos viven en inmaculados bloques blancos de cinco pisos de altura, plantados en una zona residencial sin terminar, entre calles anchas y explanadas de hierba y cemento que pretendían ser jardines. Entre dos bloques, la mezquita. Los viernes, jornada de oración, son un buen día para pedir limosna a los marroquíes.

“Hacemos la Salam”

“Hacemos la Salam”, explica Michou, una camerunesa de 34 años, a El Confidencial. “Salam ua alaikum (‘que la paz sea contigo’), ¿me das algo para comer?”, es la frase con la que abordan a los vecinos por la calle. Michou cuenta que salió de Camerún hace tres años tras discutir con su familia por haber rechazado un matrimonio forzado. “No pensé en el futuro ni sabía lo que me esperaba”, dice mirando sin ver los videoclips de canciones africanas que pasan por la tele en el apartamento de Boukhalef, donde vive con varias mujeres y su hijo de seis meses.

El bebé se llama Admirable. “Se lo puse porque nunca creí que tendría otro hijo”. Michou dejó atrás, en Camerún, a su hijo de 13 años. Pasó un año trabajando en una casa en Mali y, al cruzar la frontera con Argelia, en Oujda, ya en Marruecos, se quedó embarazada. No sabe nada del padre. “En cuanto ven el embarazo, salen corriendo”.

El padre de Admirable es uno de tantos hombres que escapan de la responsabilidad de la paternidad, los llamados “maridos del camino”, explica la investigadora Helena Maleno, de la ONG Caminando Fronteras. “Normalmente, las mujeres se vinculan a un hombre para protegerse en el camino hacia Europa. Les guste el hombre o no. Es una estrategia de supervivencia”. Muchos de ellos las abandonan para seguir adelante en la búsqueda en solitario del destino europeo, incapaces de hacerse cargo de dos personas.

No sólo en las ciudades, también para las pocas mujeres que viven en el monte, cerca de la frontera con Ceuta, buscar un compañero no es una elección, sino una necesidad. “Aquí no se puede vivir sola”, cuenta Marie, que lleva meses intentando cruzar a España, a través de la valla o por el mar, en balsa, desde los bosques de Castillejos. “Debes buscar a alguien que te proteja, sobre todo en los montes, donde la vida es más dura que en la ciudad”, explica a este diario. Marie no tenía dinero para pagar el alquiler compartido de un apartamento en Boukhalef (el precio oscila entre los 150 y 200 euros al mes, que se costean entre una decena de inquilinos), así que se fue al monte, a lapetite fôret junto a Castillejos.

“¿Buscar otro hombre? ¡No, ya he tenido suficiente!”, responde Michou. Ahora mendiga día y noche, llueva o haga sol, “porque en Marruecos no hay más opciones para nosotras. Cuando salí, creía que sería mejor que Camerún, porque está cerca de Europa, pero no es así”. Lleva dos años en Marruecos y conoce todos los bosques, todas las ciudades, todas las maneras de intentarlo. Ha probado a través de la valla y en balsa. Lo ha intentado una decena de veces y se ha rendido a la desesperanza permanente.

La prostitución como fórmula de supervivencia

Las mujeres constituyen ya el 50% de la población migrante internacional, según el estudio “Atrapadas en el limbo. Mujeres, migraciones y violencia sexual”, de Sonia Herrera, del Centro de Estudios Cristianisme i Justícia, pero no hay estadísticas sobre el porcentaje de mujeres entre la población subsahariana en Marruecos. No es habitual verlas saltar la valla, porque la mayoría carece de la fortaleza física para intentarlo. Eligen, mayoritariamente, cruzar en una balsa desde Tánger o Castillejos. Pagan por una plaza entre 80 y 100 euros. Cada vez son más visibles en las calles de las ciudades marroquíes, sentadas en el suelo, con sus bebés, pidiendo dinero para comer.La mendicidad es una de las fórmulas de supervivencia más extendidas. La otra es la prostitución.

Fátima, de Costa de Marfil, trabajó como prostituta en Rabat durante seis meses, en un piso, con dos amigas, donde ganaba unos 400 o 500 dírhams al día (45 euros). “Lo dejé porque me quedé embarazada. Di a luz el 11 de diciembre de 2012 en la maternidad de Les Orangers, en Rabat. La niña nació muerta”, resume de un tirón, sin querer detenerse más, la joven marfileña, de 33 años. El trauma la llevó hasta Tánger, donde mendiga con otras mujeres y mantiene vivo el sueño de viajar algún día a Europa para trabajar en una peluquería. En la primera guerra civil de Costa de Marfil, en 2000, “los rebeldes”, dice, mataron a toda su familia. En la segunda guerra, en 2011, no pudo aguantarlo más y salió del país. También le dijeron que era fácil pasar de Marruecos a Europa.

La trata de mujeres no es migración

Unas llegan huyendo de una guerra o de un matrimonio forzoso, otras en busca de una oportunidad laboral; y en este proceso migratorio se cruzan las redes de trata. Las mujeres son captadas en su país de origen o durante el camino. “Pero trata no es lo mismo que migración, ni es lo mismo que prostitución. Confundirlo nos hace trabajar mal por los derechos de las víctimas. Para que haya trata debe haber captación, debe haber traslado, del que se encarga la propia red y debe haber explotación, finalmente. La trata es un crimen. Emigrar no lo es”, señala Maleno, que reclama a las autoridades europeas que aborden el problema desde el respeto a los derechos de las víctimas. No es lo mismo la inmigración irregular que ser víctima de explotación sexual por una red. Sin embargo, en España es la misma unidad policial, la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales (UCRIF) la que se encarga de ambos ámbitos de investigación.

Habitualmente las grandes redes de trata, las de los países africanos anglófonos, como Nigeria, no explotan a las mujeres en el tránsito migratorio.Lo que para ellos es “mercancía” tiene que llegar intacta a su destino y, además, el rendimiento por la explotación sexual de las mujeres es mucho más alto en Europa que en Marruecos, donde los servicios sexuales están mal pagados. Lo normal, aunque no siempre se cumple, es que la red traslade a la víctima a Europa por mar o en avión, directamente hasta el aeropuerto deBarajas, o escondidas en los coches, como ocurría hace unos años en Ceuta.

Hay otro tipo de redes de trata, las de los países francófonos, que operan de manera distinta. Comienzan la explotación desde Marruecos y se capta a las mujeres en pequeños grupos. Muchas veces, se hace a través de la vinculación emocional de una mujer con un hombre que la engaña para usarla como medio de obtener dinero, prostituyéndola, para pagarse el viaje a Europa. También es un “marido del camino”, pero explotador y proxeneta.

En los últimos cinco o seis años los investigadores están observando unafeminización de las migraciones, según Maleno “en un contexto de oferta y demanda desde Europa de servicios domésticos y sexuales que las redes de trata que operan en estos dos campos aprovechan en su beneficio. Con el cierre de fronteras cada vez es más complicado entrar en Europa, así que las redes se ofrecen como estrategia migratoria, para conseguir el sueño. Y se da un fenómeno perverso: las grandes redes de trata, que quieren cuidar la ‘mercancía’, se convierten al mismo tiempo en garantes de protección de las víctimas, defendiéndolas de los abusos de las autoridades de los países en tránsito”.

Esclavitud moderna en casas de marroquíes

En el despacho en Rabat de la Organización Democrática de los Trabajadores, un sindicato marroquí, Marcel Amiyeto toma los datos de Ndenshi, una joven marfileña de 26 años que escapó el miércoles pasado de la casa en Casablanca donde ha estado trabajando durante un año y medio. “Según los testimonios y denuncias que nos han llegado, hemos comprobado que hay una red de trata de personas que envían a chicas para trabajar en casas marroquíes en condiciones de esclavitud moderna. Se trata de un marroquí que tiene una agencia de viajes en Abidjan con el que colabora una azafata de la RAM (Royal Air Maroc)”, cuenta Amiyeto a El Confidencial.

Ndenshi va vestida con un vaquero gris, una chaqueta negra y un pañuelo al cuello. “Sólo tengo lo que llevo puesto. Todo lo demás se quedó en la casa. Mi pasaporte y mi tarjeta de identidad de Costa de Marfil. Y mi vestido verde”, murmura la joven.

Hace un año y medio una mujer llegó a casa de una amiga de Ndenshi, en Abiyán, ofreciendo empleo a chicas marfileñas que quisieran trabajar como empleadas domésticas en Marruecos. La mujer les concertó una entrevista con un empresario marroquí instalado en la capital de Costa de Marfil. Les costearían el traslado en avión, les comprarían ropa, les arreglarían el pelo y les darían alojamiento y comida más un salario mensual de 40.000 CFA (unos 60 euros).

A la madre de Ndenshi le pareció poco dinero, pero acabó aceptando porque le aseguraron que se harían cargo de todos los demás gastos de su hija. Al bajar del avión en el aeropuerto de Casablanca, metieron a Ndenshi en un coche y la llevaron directamente a la casa donde ese mismo día empezó a trabajar para la hermana del empresario marroquí que la reclutó. Estuvo un año y medio encerrada. Hasta el miércoles pasado.

La fuga de Ndenshi

“Me levanté, aproveché que no había nadie en casa y me las arreglé para salir. No podía más”, cuenta la joven a este diario. “Dormía en la cocina, en un colchón en el suelo. Me levantaba a las seis de la mañana para hacer la comida y toda la casa. Me dejaban descansar una hora, a las dos de la tarde, y después seguía, hasta la noche. Ni un día de descanso. Me insultaban, me decían que estaba loca. Cuando me enviaban a la tienda a comprar, me vigilaban por el balcón, para que no hablara con nadie. Cuando se iban de casa, cerraban la puerta con llave”, relata Ndenshi, que se las ha ingeniado para viajar de Casablanca a Rabat guardándose y ahorrando el dinero que le daban para cargar el móvil. Fue a la embajada para pedir ayuda, pero le han dicho que sin papeles no pueden hacer nada por ella.

“En estos casos –explica Amiyeto–, lo que hacemos es ponernos en contacto con el patrón y negociar con él la devolución del pasaporte y los papeles y, en algunos casos, incluso conseguimos que paguen algo del salario que les deben. Si acudimos a la policía, podrían arrestar a la víctima”. En un año y medio Ndenshi no vio ni un solo dírham: “Me hicieron abrir una cuenta y me dijeron que serían ellos quienes me guardarían el dinero”. Ahora intenta convencer a su amiga Linda para que también denuncie su situación, “pero tiene miedo”, dice la joven. Con frecuencia las amenazan con destruir su documentación.

La semana pasada un grupo de asociaciones que lucha por los derechos de los inmigrantes en Marruecos pidió al Gobierno que les garantice el acceso a la sanidad. Para las mujeres con niños es aún más difícil, ya que no se atiende a quienes no faciliten el nombre del padre. Ocurre lo mismo con la escolarización de los menores. “Cuando acuden a las escuelas les piden la partida de nacimiento del niño y la fecha, pero ¿cómo lo vas a demostrar si algunos han nacido en el monte o son fruto de una violación?”, explica Hélène Yamta, de la asociación La Voz de las Mujeres.

Según los informes de asociaciones no gubernamentales, más de la mitad de las mujeres que pasan por Marruecos camino de Europa han sufrido violencia sexual. Otras utilizan el sexo como estrategia de supervivencia. O se ven abocadas a la mendicidad. Padecen abusos a diario y se enfrentan a unas autoridades estériles en soluciones: sufren las mismas desigualdades, a veces incluso aumentadas, que ya padecían estas mujeres antes de salir de Camerún, de Costa de Marfil, de Senegal, de Congo o de Chad. A ellas se añade el anonimato que sobreviene con la miseria.

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“¡Melilla or die!”

-Artículo publicado en El Confidencial. Marzo 2014-

Quedan tres horas para que baje el sol, pero el frío del monte ya se cuela entre los pinos. Al borde de la carretera, Mamou y Abou transportan dos grandes troncos hasta el campamento para poder hacer un fuego y hervir algo de arroz y café. Son unos veinte minutos de caminata entre piedras, pendientes y árboles. Hoy ha habido suerte porque no llueve y no hay barro. Dos chavales pasan a la carrera en dirección contraria. “Me vas a ver en Melilla, ya verás. ¿Tienes unos dírhams para comprar algo de comida?”, dicen a esta periodista.

Al llegar, la vista se pierde entre decenas de plásticos verdes y azules, mantas y sacos de arroz vacíos que usan para construir las tiendas, hechas a partir de estructuras de ramas en forma de iglú. Desde la primera explanada del campamento del Monte Gurugú, donde viven malienses y marfileños, Melilla se ve blanca y retadora.

“Es doloroso verla ahí cada día y no poder llegar”, comenta Aziz, un joven marfileño de 19 años.Lleva el nombre de su sueño, Melilla, escrito con bolígrafo en la pechera de su cazadora y camina por el campamento con las manos en los bolsillos, sorteando montañas de basura y montones de zapatos, zapatillas y chanclas raídas y abandonadas porque ya son inservibles. En un rincón, Ahmed, de Mali, les ofrece otra oportunidad, una segunda o tercera vida. Le da una puntada a una zapatilla deportiva y levanta la cabeza: “Esta me suena. Creo que ya la he cosido tres veces”, sonríe. “Cobro tres o cuatro dírhams. Aquí somos todos hermanos, no puedo pedirles un precio alto”.

Es fácil reconocer a los recién llegados de un intento de cruzar la valla, porquetodavía tienen limpios los vendajes y las tiritas sobre los brazos, las manos, las piernas y los pies. Pero si no es en la valla, es el monte. Hay heridos por todas partes y zonas del bosque que parecen un hospital de guerra en un camping. Piden analgésicos. Los agentes marroquíes, acampados en guardia permanente en El Gurugú, les visitan cada día y tienen que dejar lo poco que tienen de valor enterrado en la tierra, como tesoros infantiles, o colgado de los árboles, en bolsas.

“Nos golpean en los brazos para que no podamos escalar”

“Ni siquiera nos dejan dormir. Vienen a las cinco de la mañana y hay que salir corriendo, pero bloquean todas las entradas y salidas y nos persiguen hasta el borde del barranco, nos golpean en los brazos y las piernas, para que no podamos subir la alambrada. Si no encuentran a la gente, lo queman todo y nos roban los móviles. Vivimos con miedo”, cuenta a El Confidencial Autara, de Costa de Marfil, uno de los veteranos del grupo. Tiene 32 años, lleva dos en el monte y lo ha intentado por Fnideq (Castillejos), Tánger y Melilla.

Hay heridas que no se ven. Cuanto más tiempo pasan en Marruecos, más pesada se hace la carga psicológica. El contraste entre la expectativa de una vida mejor -un trabajo, una familia- y la realidad es un golpe para muchos de estos hombres. Están presentes los sentimientos de frustración por intentar llegar a Europa una y otra vez y no conseguirlo, el fracaso y la culpa por haber recibido, en algunas ocasiones, dinero de sus familias para emprender el viaje. Y el miedo constante a ser arrestados y trasladados a Rabat o a Casablanca y tener que volver a iniciar el viaje de vuelta a la frontera.

No hay marcha atrás

Abubaker, maliense de 28 años, ejerce de entrenador animando a su equipo: “¡Tenemos que salir de aquí! Esto es inhumano. ¿Tú aceptarías vivir así aunque sólo fueran tres días? Yo he recorrido 7.000 kilómetros para llegar hasta aquí y no me voy a rendir. Melilla or die. That´s it. C´est ça”. “Yeah, ¡Melilla or die!”, corean los demás alrededor del fuego. No hay otro camino ni vuelta atrás.

Las quince muertes en Ceuta no les han desanimado sino que les han dado más valor. El precio puede ser morir intentándolo, pero el monte tampoco es vida. Hasta allí llegan las noticias de los últimos intentos. “Han pasado muchos, ¿verdad?”, preguntan. La información es fundamental para estudiar estrategias y franquear la triple alambrada de seis metros, “pero no te las podemos contar, perdona. Es secreto”. A veces caminan durante horas, desde la tarde, para elegir un buen punto por el que saltar o se dividen en dos grupos y mientras unos lo intentan, los otros despistan a la Guardia Civil si han conseguido librarse del primer obstáculo, los marroquíes.

En los últimos meses han descubierto a tres topos entre ellos que pasaban información a los agentes marroquíes. Si no, explican, no se entienden que las furgonetas les estuvieran esperando ya en el borde del campamento, a la hora a la que pensaban salir. “A cambio, los marroquíes les prometen que les llevarán a Melilla o les dan dinero”, explican. El castigo para los espías es el destierro del campamento. Ya han echado a tres.

Bienvenidos a la ‘República Subsahariana del Gurugú’

Desparramados en el monte, hay pequeños campamentos con grupos de entre 10 y 20 personas, pero el gran campamento donde viven cientos es la capital de esta República Subsahariana del Gurugú. Fuera de ella, los blancos no distinguen nacionalidades, grupos étnicos o demandantes de asilo huyendo de una guerra. En los medios todo queda unificado en una masa informe llamada “inmigrantes subsaharianos”, pero el Gurugú, como África, no es un país, ni todo el mundo viene con la misma historia. Lo único que tienen en común es el sueño de salir del calvario de Marruecos. En cambio, a ojos de Europa son una sola nación de desarrapados de piel oscura.

Al otro lado de la valla está la tierra soñada de la que sólo conocen lo que cuentan los amigos que han llegado al otro lado y están en el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) y lo que ven desde el monte: edificios altos y coches nuevos. Sin planes establecidos una vez que lleguen, el futuro se presenta nebuloso y difuminado entre dos ideas claras: buscar trabajo y llegar a un lugar donde existan los derechos humanos de los que oyen hablar y de los que carecen en sus países. La prioridad es alcanzar la primera meta. Es el primer triunfo después de meses o años de camino.

“¡Tienes que contar que la Guardia Civil nos expulsa una vez que estamos dentro!”, se indigna Abdulah, de Mali. “¡Eso no puede ser! Si llegamos, llegamos. No pueden devolvernos a Marruecos. Si quieren devolvernos, que nos devuelvan a casa”, explica mientras se calienta las manos en un pequeño fuego, entre cuatro piedras. Pero la mayoría no puede volver con las manos vacías.

Entretanto, hay poco que hacer en la capital. Para muchos, el día pasa mientras intentan esquivar a las fuerzas auxiliares, buscan algo que comer o acarrean agua desde una fuente, a unos kilómetros monte abajo. Buscan en las basuras de las tiendas más próximas del paso de Beni Enzar algo que se pueda salvar o van a la tienda de ultramarinos de Jamal, un marroquí enjuto y sonriente que les da pan y zumos de vez en cuando. “Pobrecillos”, dice Jamal, “nadie se ocupa de ellos”.

En uno de los extremos del campamento, dos jóvenes -todos lo son- juegan a las damas: “Hay que hacer algo para olvidar los problemas un rato”, comenta Aziz. Las fichas están hechas con algo perfectamente reconocible en Marruecos: los tapones de las botellas de agua de cinco litros marca Aïn Sultan y Aïn Ifran. Unos son rojos. Otros son azules. “También tenemos allí -señala una alfombra de rafia sujeta con cuatro piedras- una mezquita para pedirle a Dios que nos ayude a salir”. Aquí la mayoría son musulmanes, pero también hay cristianos. Cae la noche y algunos grupos cuecen arroz y patas de pollo en una gran cacerola. Otros se lavan pies y manos preparándose para rezar. Un avión despega del aeropuerto melillense. Todos vuelven la mirada hacia el cielo. “Llegaremos a Melilla”, dice Aziz. Melilla o nada.

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Los hijos marroquíes de la yihad en Siria

-Artículo publicado en Correo Diplomático. Diciembre 2013-

Con una precisión dolorosa, contando las punzadas de la ausencia día tras día, Hafida relata con fechas exactas cómo mide el tiempo desde que no ve a su hijo Tarik. “Se fue a Siria hace dos años. A los cuatro meses de su partida, su padre murió. Se casó hace algo más de un año con una mujer siria. Hace tiempo que no hablo con él, pero suele llamarme. Me dice que todo le va bien, que no le falta de nada, gracias a Dios, y que no va a regresar”. Tarik, de 27 años, del barrio de Zawia, en Fnideq, se fue un día con dos amigos del vecindario y nunca más volvió. Se fue “el mejor de los cuatro hijos” de Hafida sin decir adiós y sin contar sus planes, como tantos otros hijos de esta localidad fronteriza con Ceuta.

Desde 2011, decenas de jóvenes han salido de allí para unirse a los combatientes sirios contra Bachar al Assad. Entre ellos, Abdelaziz el Mahdali, del barrio de Ras Loutta, uno de los focos integristas de la ciudad. Mahdali es un caso especial porque, según cuentan los vecinos, su familia sí estaba al tanto, le apoyó, e incluso ha conseguido llevarse a Siria a su esposa. Su hermano tiene un puesto de ropa de mujer en el mercado de Massira al Khadra (la Marcha Verde), una zona de reclutamiento de futuros yihadistas donde nadie habla pero donde se sabe que Mahdali se ha convertido en el cabecilla de un grupo de combatientes. En un vídeo grabado en territorio sirio, que circula en redes yihadistas en internet, este emir marroquí arenga a sus soldados después de rezar y advierte a Bachar al Assad: “Te juro que llegaremos hasta tu propia casa. Vamos a luchar para defender a los que no tienen fuerzas”.

A pocos metros del mercado se encuentra la parada de taxis donde suele recoger clientes Mohamed. Habla con desapego de la transformación de su hijo Hamido, de 23 años, porque ya no le considera su hijo. “Quiero borrarle del libro de familia”, asegura. En un período de un año, Hamido pasó de frecuentar chicas, jugar al fútbol y llevarse algún coscorrón del padre por no ir a la mezquita, a reunirse con personas ajenas a familiares y amigos en casas privadas, encerrarse para ver vídeos yihadistas después del trabajo -en una tienda de móviles- y sermonear a su hermana pequeña por ver la televisión. Se dejó la barba. Cuando estaba en casa no contestaba a las llamadas a su móvil. Mohamed empezó a sospechar. “Estás jugando con fuego y te vas a quemar”, le advirtió. Pero no sirvió de nada. Después del Ramadán, el pasado agosto, Hamido se fue a Siria.
“Le lavaron el cerebro”, afirma categórico Anas, amigo de Hamido desde la infancia. “Era un chico normal, como nosotros. Salía con chicas y vestía jeans pero, en unos meses, todo cambió. Empezó a llevar la djellaba, a asistir a manifestaciones salafistas y dejó a su novia. Intenté convencerle de que no fuera a Siria y, de hecho, hace un tiempo me decía que aún no podía ir porque tenía que perfeccionar su Islam hasta que fuera capaz de ver la luz para estar dispuesto a morir”. Anas no sabe con certeza quién reclutó a Hamido y al resto de jóvenes en Fnideq para que se unieran a la vertiente violenta del salafismo (la corriente más rigorista del Islam) porque los reclutadores “van de tapado”, dice. Su ropa y su comportamiento no llaman la atención ni les asocia con grupos extremistas.

Abdellah Rami, investigador del centro marroquí de Ciencias Sociales de la Universidad Hassan II en Casablanca, asegura que estos reclutadores de jóvenes son una ‘nouvelle vague’ de salafistas yihadistas que quieren dar la imagen de que el movimiento “tiene clase”, explica. “Llevan djellaba blanca y jeans al mismo tiempo. Es un poco maquiavélico. Saben explotar muy bien las guerras y manejar las imágenes, y venden a los jóvenes una especie de nueva moda contra el sistema, como los ‘hippies’ en los años 60 y 70, solo que, en este caso, la idea es ser buen musulmán, y para ello lo que se lleva es hacer turismo armado por todo el mundo”.
Hacen creer a estos jóvenes que están ante una oportunidad que les dignifica, les conduce por el camino recto, les aparta del pecado y les da acceso a una lucha de orden superior. Un atractivo paquete envuelto en un discurso plagado de fórmulas, jaculatorias y arengas, como las de los vídeos yihadistas de Siria, Irak o Afganistán, en un lenguaje que suena a religioso, aunque el contenido esté, en realidad, muy lejos de los preceptos más básicos de la moral musulmana. Este ‘modus operandi’ tiene un gran efecto entre una población con un escaso o nulo nivel de estudios, con pocas perspectivas de futuro y cuya máxima aspiración, como en el caso de los jóvenes de Fnideq, es vivir del trapicheo con Ceuta.

Pero, además, a veces también hay un incentivo económico. Anas explica que el rumor que llega de los marroquíes que se han marchado es que pagan 100 euros al día por luchar en Siria, y Mohamed cuenta que a él le ofrecieron ejercer de reclutador de jóvenes. “Les dije que no”, asegura. ¿Y cómo se supone que tenía que convencer a los jóvenes? “Cualquier cosa sobre el Profeta que le digas, con aplomo y seguridad, a alguien sin estudios, la va a creer”, explica. La contrapartida para Mohamed era dinero. “Dinero saudí”, puntualiza, haciéndose eco de la extendidísima explicación en todo el mundo árabe-musulmán de que es el oro saudí -o el kuwaití o catarí, añade el investigador Rami- el que paga la mezquita wahabita del barrio, las armas del comando yihadista, la escuela coránica o el billete de avión Casablanca-Estambul para ir a Siria.
Esta red de reclutamiento está especialmente activa en el norte: en el eje Fnideq-Ceuta, en Tánger y en Tetuán. En esta última ciudad vive el cheikh Omar Hadouchi, presente en todas las quinielas del Islam más radical que manejan los servicios de inteligencia marroquíes y españoles. Hadouchi fue condenado a 30 años de prisión como ideólogo de los atentados de Casablanca, que causaron la muerte de 45 personas en 2003. Él siempre lo negó. Su abogado, el actual ministro de justicia Mustafa Ramid, también lo negó, y acabó siendo indultado en febrero de 2011. Según Rami, “Hadouchi está muy conectado con las redes yihadistas europeas que, a su vez, tienen línea directa con las de Oriente Próximo”. Las fuerzas españolas de seguridad le señalan como un elemento clave de las redes de reclutamiento y captación de jóvenes que llegan hasta Ceuta, desde donde han salido, también camino de Siria, una docena de españoles.

El otro nombre clave en este círculo de predicación del Islam extremo en Marruecos es el de Mohamed el Maghraoui, cuyo apoyo al yihadismo en Siria no es tan evidente, pero a quien se considera un peligro por ejercer una especie de “terrorismo intelectual”, según escribía el semanario Actuel. Sus escuelas coránicas de formación de predicadores salafistas están presentes en todo el país para extender la influencia wahabita, extraña a la tradición islámica marroquí pero que ha seguido creciendo durante el reinado de Mohamed VI.
El Barrio Negro de Fnideq es un ejemplo visible de esta influencia. Junto a la mezquita de Arrajma, una mujer cubierta con un niqab y sus dos hijas adolescentes, vestidas de la misma forma, caminan por la calle mientras Hicham, de 24 años, relata que hace dos semanas se enteró de la muerte de su hermano Said en Siria. “Un amigo me enseñó una foto colgada en Facebook donde aparece muerto junto a un compañero”, explica. Said, igual que Mohamed, igual que Hamido, se marchó sin decir que planeaba combatir en Siria. Su hermano cree que le reclutaron dos hombres que frecuentaban el barrio, uno de ellos originario de Fez. “Le pagaron el billete a Estambul y después le entrenaron en Siria, porque carecía de formación militar. No tenía trabajo. Se ocupaba de nuestros hermanos pequeños”. Sólo llevaba un mes allí cuando murió en combate.

Es difícil dar cifras exactas del número de combatientes extranjeros que han ido a unirse a las filas contra Bachar al Assad. Según el Centro Internacional de Estudio de la Radicalización (ICSR), hasta 11.000 combatientes no sirios han partido hacia allí desde el año 2011. De ellos, entre 34 y 95 son españoles y se cuentan entre 77 y 91 marroquíes, aunque fuentes salafistas elevan esta cifra a 412 combatientes marroquíes muertos en Siria desde 2011 hasta finales de 2013, y las autoridades marroquíes creen que son algo más de 200. Ya no es un fenómeno local, sino que poco a poco se va internacionalizando y se extiende por todo el mundo.
Todos los días, jóvenes como Hamido planean partir para combatir y están dispuestos a morir por ello, sin nada que perder. Para Hamido, la recompensa no estaba en esta vida, sino en la otra, como le explicaba a su amigo Anas: “Empezó a dejar de amar la vida para amar la vida después de la muerte. Eso era, para él, alcanzar la perfección”.

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Sexo y jóvenes en Marruecos. Entre el tabú y la desobediencia.

Artículo publicado en http://www.elconfidencial.com Diciembre 2013.

A las cinco de la tarde, en la terraza del hotel Balima, en pleno centro de Rabat, Ibtissame Betty Lachgar hace recuento de las parejas (chico y chica) que van a besarse en público a cuatro pasos del Parlamento. Algunas son parejas reales. Otros han acudido a la convocatoria, el primer kiss- in en Marruecos, y han decidido besarse con un amigo o amiga. Todos miran inquietos y con media sonrisa hacia las mesas, donde se han instalado algunos policías de paisano, habituales de la terraza. Desde hace días, las redes sociales se han llenado de fotografías de parejas besándose en solidaridad con los tres adolescentes arrestados en Nador el pasado mes de octubre, pendientes de sentencia por darse un beso y colgar la fotografía en Facebook. Están acusados de atentado contra la moral pública, que se castiga con penas de hasta dos años de cárcel.

“¿Todo el mundo está preparado?”- pregunta Betty, que agarra a su chico y le planta un beso en los labios. Las otras cinco parejas les imitan y en ese momento irrumpe un joven de veintitantos años que separa a Betty y a Soufyane, tira al suelo una de las meses de la terraza, arroja vasos y tazas mientras grita: “¡Shuma!” (Vergüenza).

El beso colectivo se convierte en una persecución por las calles del centro de la capital marroquí: parejas y simpatizantes son perseguidos por un grupo de jóvenes que han acudido expresamente a protestar por la iniciativa, pero también hay espontáneos que les gritan “¡Esto no se hace en un país musulmán!”, “¡Fuera!”, mientras los participantes en el beso les responden “¡Libertad!” y ¡”Viva el amor!”. Todo termina en la Place Pietri de Rabat, junto al mercado de las flores.“¡No podemos aceptar el sexo delante del todo el mundo!”- comenta Mohamed, uno de los espontáneos que ha seguido al grupo hasta plaza.

Después de aquel día, el pasado 12 de octubre, Betty y su novio fueron denunciados por el veinteañero perseguidor, Amine El Baroudi, un viejo conocido de los manifestantes por las libertades en Marruecos, que aparece en cada protesta para intentar boicotearla, y también por Fayssal el Marsi, presidente de una asociación en defensa de los derechos civiles y autor de la denuncia contra los tres adolescentes de Nador. “Pero nadie nos ha llamado para declarar” – comenta al El Confidencial Betty, fundadora del Movimiento Alternativo por las Libertades Individuales (MALI), promotores de besos y actos como campañas a favor del aborto y acciones en contra del ayuno en Ramadán. Algo escandaloso para la mayoría de los marroquíes.

Esta psicóloga de 38 años denuncia, entre otros, el artículo 490 del código penal marroquí que condena las relaciones sexuales fuera del matrimonio con penas de entre un mes y un año de cárcel; y el 489, que también castiga la homosexualidad con la prisión, hasta un máximo de tres años. “Es difícil cambiar las mentalidades sobre todo ahora que estamos viendo un aumento del conservadurismo en la sociedad a causa de la religión, pero precisamente con estas acciones de desobediencia civil podemos transmitir un mensaje y abrir un debate. Y eso ya es una victoria para nosotros”.

Son pocos los que se atreven hoy en Marruecos a saltar la barrera de lo privado y mostrarse tal y como son a plena luz del día. Normalmente, si hay que elegir entre hacer el amor a escondidas o ser consecuente en público con la vida que se lleva en privado, cuestionando así el orden social establecido, se elige lo primero. A escondidas.

Pero cada vez son más los jóvenes que se cuestionan la doble vida que impera en la sociedad marroquí: la que se lleva en casa y la que se lleva en la calle, a pesar de que el comentario más repetido cuando una pareja muestra su amor en público es “¿Pero qué hacéis? ¡No estamos en Europa!”. Por supuesto, el comentario se refiere a parejas heterosexuales. En el caso de una pareja homosexual que se atreviera a mostrarse en público, los comentarios podrían dejar de ser comentarios para convertirse en una agresión física, como ocurre en muchas ocasiones.

En un café, junto al Instituto Cervantes, se han citado Noureddine y María. Marroquí y española. Los dos estudian traducción. Tienen 21 y 25 años. Llevan dos años saliendo y se conocieron, precisamente, en el Balima. Se saludan con dos besos y no se tocan durante la conversación. “La mayoría de las veces no nos atrevemos a darnos un beso, así que casi siempre son dos” –explica Noureddine. Prosigue María, entre risas: “A veces yo le quiero besar y él me hace la cobra. Siempre estamos pendientes por si alguien nos ve”.

Noureddine duerme algunas veces en casa de María, aun a riesgo, dice, de que el portero o algún vecino les escuche por las noches o le vea entrar en el ascensor. Ya tienen la respuesta preparada ante posibles preguntas incómodas: “Decimos que estamos estudiando hasta muy tarde”- se ríen. “Pero me hace sentir mal –puntualiza María- porque en realidad, no estoy haciendo nada malo, igual que cuando viajamos: Si vamos a un hostal, a veces tenemos que reservar dos habitaciones, utilizar solo una y, además, sobornar al dueño para que no diga nada. Una vez le pagamos 100 dirhams (unos 9 euros) al propietario de un hostal en Fez para que no hablara”- recuerda ella. Y añade Noureddine: “Eso, en los sitios donde podemos sobornarles, pero en los grandes hoteles te piden directamente el acta de matrimonio y, si no la tienes, no podemos dormir juntos”.

Pero desde que vive en Marruecos, a María le ha cambiado el punto de vista sobre lo que piensa que es decoroso y no tan decoroso. “Cada vez que vuelvo a España y veo a parejas jóvenes besándose apasionadamente o tocándose en los parques, me digo a mi misma ¿¡Pero qué hacen!?. No sé si es la presión social de aquí, o que me estoy haciendo mayor, o las dos cosas”.

“Hay que acabar con esta hipocresía sobre el sexo”, comenta Maha Sano, de 30 años, autora de Dialy (Es mía, en referencia a la vagina), una obra teatral en la que explora, en clave de sátira y humor, los tabúes sobre el sexo y el cuerpo femenino, la menstruación, el embarazo, la virginidad…. En dariya (dialecto marroquí) no existe la palabra vagina en términos anatómicos, sólo en términos vulgares o despectivos.

La obra ha estado de gira por Marruecos y “sólo han hablado mal de ella los que no la han visto”, cuenta Sano. Para componer el texto, reunió durante meses a grupos de mujeres -150 en total- que hablaron de su sexualidad, de forma abierta. Sobre el escenario, en negro y con una cuerda cubierta de bragas, las tres actrices de la obra dan voz a esos testimonios. Se relatan de forma descarnada violaciones conyugales y reacciones familiares. Una de las escenas describe cómo una mujer es sodomizada por su novio. “¡Pero demos gracias a Dios, porque sigue siendo virgen!”- es la respuesta de la familia.

La virginidad – o más bien, su ausencia- es el tabú sexual por excelencia en la sociedad marroquí. Es un tesoro que hay que preservar. “La virginidad es algo que no pertenece a la mujer. Es parte del honor familiar. Pertenece a toda la familia” – explica la sexóloga Amal Chabach, que lleva 14 años en su consulta de Casablanca escuchando problemas derivados de esta visión del cuerpo femenino como una posesión. El más frecuente es el vaginismo. “Por mi consulta pasan mujeres que llevan dos, tres y hasta quince años casadas y no han sido capaces de tener un encuentro sexual con sus maridos. Es como una fobia. En cuanto llega el momento de la penetración, se cierran. Llevan años escuchando que no hay que abrirse de piernas”.

“El problema es que se considera a las mujeres como un objeto sexual”, afirma Fouzia Azouli, presidenta de la Federación de Ligas democráticas de derechos de las mujeres, que el domingo pasado se manifestaba en Rabat pidiendo una ley integral contra la violencia de género. “La mujer es propiedad de todo el mundo. En casa, es propiedad de su marido. En la calle, es propiedad de todos los hombres que pasan junto a ella. La libertad de las mujeres en los espacios públicos, de circular libremente, está amenazada. El espacio público es, hoy por hoy, un espacio machista”, sentencia, aludiendo al problema diario que sufren las mujeres marroquíes en la calle, permanentemente acosadas de forma verbal y, a veces, física, por los hombres.

El gobierno marroquí, a través del Ministerio de la Familia, está preparando en estos momentos un proyecto de ley en el que se prevé el endurecimiento de las penas contra la violencia y el acoso sexual contra las mujeres. Un texto que, según las asociaciones, resulta insuficiente porque no ofrece acompañamiento, alojamiento y protección. Tampoco se ha modificado aún, a pesar de las protestas en la calle, el artículo 475 del código penal, que contempla la posibilidad de que un violador se libre de la prisión si se casa con su víctima. La polémica nació con el caos de Amina Filali, una joven de 16 años obligada a casarse con su agresor que terminó suicidándose bebiendo matarratas. Pero la enmienda sigue pendiente de aprobación.

Sexo: el calvario del soltero, titulaba uno de los números del semanario Actuel, donde se aireaba la proverbial esquizofrenia de los marroquíes, que se encuentran en este siglo a medio camino entre la modernidad, la religión, la tradición, las leyes y los nuevos movimientos sociales. En el sexo también se bascula entre el orden social y religioso y el deseo y el amor. Existe la prostitución, la homosexualidad, el sexo fuera del matrimonio, pero se finge que no está pasando. Se mantiene escondido, intramuros. “La mayoría de los jóvenes espera al matrimonio para tener sexo y una gran parte de los jóvenes que tiene sexo fuera del matrimonio lo hacen con un sentimiento de culpa –asegura la doctora Chabach. Es difícil gestionar las convicciones y la educación con el impulso sexual, por eso existe ese malestar”.

Amal Chabach tiene una consulta en la radio Medi1 una vez por semana en la que recoge las dudas de los radioyentes. Está convencida de que el camino es la educación para que hombres y mujeres aprendan a relacionarse “como personas, con respeto en todos los aspectos de la relación, incluido el ámbito sexual, y se están produciendo cambios. Ahora mujeres y hombres preguntan cada vez más, se preocupan por satisfacer a sus parejas, algo impensable hace años, cuando el hombre se limitaba a finalizar el encuentro sexual sin importarle el placer de su esposa”.

Noureddine también cree en la educación para luchar contra la falta de normalidad que ve en el hecho de no poder darle un beso a María en la calle. “En mi casa, jamás he visto a mis padres darse un beso o abrazarse. Cuando en la televisión aparece una pareja a punto de darse un beso, en una película, cambiamos de canal. Pero yo creo que en esta generación las cosas van a cambiar. Mira, con la historia de Nador, hemos visto montones de fotografías en internet de gente besándose, apoyando a los tres adolescentes. En esta generación, la del Facebook, se empieza a ver de otra forma”, dice esperanzado.

Marruecos está en pleno proceso de búsqueda de identidad sexual. Todavía es un país en el que un beso se ve como una agresión al pudor, pero el deporte más practicado entre los hombres es el conocido como “tenis de café”: sentarse en una cafetería y radiografiar con la mirada a toda mujer que pasa. Todavía no es delito acosar sexualmente a las mujeres, y se ve como algo normal perseguirlas por la calle o lanzarles supuestos piropos.

En la fotografía del perfil de Facebook de Betty aparece ella besándose con su novio. Está colgada desde principios de octubre. Pero para poder besar a Soufyane en la calle sin que les tiren vasos y tazas, todavía habrá que esperar. “Como todo en Marruecos, -concluye María-, las cosas van poco a poco: bchuiya, bchuiya”.

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Viaje al reino del kif. Marruecos debate legalizar el cannabis.

Artículo publicado en www.elconfidencial.com Noviembre 2013

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Cuando se abre la puerta el aire se vuelve dulce. Un aroma intenso llega flotando desde los 400 kilos de planta de cannabis que Hamid tiene amontonados en una habitación. Están apilados sobre dos grandes palés y ocupan casi todo el espacio disponible, desde el suelo hasta el techo. Responde preguntando: “¿Legalización? Si voy a vivir mejor, lo apoyo desde ahora mismo. Siempre que tengamos libertad y un buen precio, claro”. Tiene 45 años y lleva desde los 10 cultivando kif.

Este año Hamid ha plantado jardala, una variedad que resulta de la mezcla de varios tipos de grano, entre ellos el de Pakistán, más oscura que la variedad local, el kif de siempre, que es de un color verde brillante. La ventaja de la jardala es que  con 100kg de planta se obtienen unos 3 o 4 kg de producto final. Con la variedad local sacan poco más de 1 kg por cada 100 kg de planta, pero Hamid defiende el kif del Rif: “La jardala está amenazando el kif, pero ahora la gente de aquí se está dando cuenta de que les compran menos jardala. El kif es de mucha mejor calidad para fumar. Es dulce, relajante, no da dolor de cabeza”.

El tipo de grano, la altitud (a más de 2.000 metros) y el clima especial de las montañas del Rif, en el norte de Marruecos, marcan la diferencia. Pero la cura es también la enfermedad: el frío impide obtener más de una cosecha al año.

Hamid, como tantos otros agricultores de las montañas de la región de Ketama, en el alto Rif central, provincia de Alhucemas, cultiva cannabis en una pequeña parcela de su propiedad. Apenas 1.000 metros cuadrados de los que obtiene, como máximo, 600 kilos de planta.

Hace las cuentas: “La vendo, en el mejor de los casos, a 100 dirhams el kilo (unos 9 euros). 100 dirhams por 600 kilos me da 60.000 dirhams  (5.300 euros) y a eso tengo que quitarle los gastos, porque empleo a algún trabajador para que me ayude a labrar la tierra, regar y recolectar. Pongamos que tengo unos 20.000 dirhams de gastos (1.700 euros), así que me quedan 40.000 dirhams de beneficio (3.600 euros) para vivir todo el año”.

Con eso y con lo que obtienen él y su mujer de pequeños trabajos en la zona tiene que mantener a sus cinco hijos, que también ayudan en lo que pueden. Una vaca, diez gallinas, unos manzanos y el horno de piedra para cocer el pan completan los recursos económicos de Hamid.

¡Pam-pam-pam-pam-pam-pam! El sonido retumba en todo el valle. En una de las habitaciones de la casa de los vecinos de Hamid, Mohamed y sus dos amigos golpean con dos varas un recipiente circular envuelto en plástico y lleno de plantas de cannabis con un filtro para recoger el polvo que desprenden. Trabajan como jornaleros por 130 dirhams al día (11 euros). Sonríen. “¿Has visto cómo suena la batería?”, dice Mohamed antes de hacer un descanso y sentarse a la mesa para tomar un té y unos huevos cocidos con comino y sal.

Los hijos pequeños de sus dos amigos –los tres han cumplido ya los treinta años- revolotean alrededor de la comida. Al terminar sacan dos pequeñas piezas de hachís oscuro y aromático conservado en celofán y un paquete de cigarrillos y se preparan para fumar.

“Queremos un futuro mejor para nuestros hijos pero de momento sólo podemos contar con nuestras espaldas y nuestro sudor para sacarles adelante. El Estado no nos da otra alternativa”. No quieren marcharse a la ciudad para buscar trabajo porque supondría un desembolso en alquiler, traslados y recibos.

Sobre su futuro no hay muchas más opciones –“aquí al menos tenemos un ingreso seguro”- y sobre su pasado pesa el estigma de haber nacido en el país del kif. “En cuanto la policía ve en nuestro carné que somos de Ketama, nos registran”. Entre caladas y sorbos de té, Mohamed se ríe de la obviedad de la respuesta al preguntarle cuántos conocidos tiene en prisión por cultivar cannabis. “Pff!, -exclama. Muchísimos”.

Marruecos es uno de los mayores productores -40.000 toneladas al año-  y exportadores mundiales, junto a Afganistán. Más de 800.000 marroquíes viven del cultivo ilegal del cannabis, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen. Se calcula que 17.000 personas están en prisión y 40.000 buscadas en relación con el cultivo o tráfico de cannabis.

“Hay que sacar a los agricultores de ese círculo de tráfico y mafia” – explica Chakib el Khayari, miembro del Colectivo marroquí por el uso médico e industrial del kif. Su asociación, con base en Nador, ha presentado a los parlamentarios marroquíes un proyecto para cambiar la ley de 1954 –cuando Marruecos todavía no se había independizado- que prohíbe el cultivo y el consumo del cannabis.

Se trata de autorizar la cultura del kif evitando su transformación en droga. “De esta forma los agricultores dejarían de ser criminalizados, podrían trabajar dentro de la legalidad y no tendríamos el problema de la pérdida social que supone tener a uno o más miembros de la familia en prisión”. El propio Khayari fue condenado a dos años de cárcel por denunciar los tratos de algunos gendarmes y policías en relación con el cannabis.

No se trata de convertir el norte de Marruecos en un gran coffeeshop, ni se habla, de momento, de legalizar el consumo y venta de hachís –la resina que se obtiene del cannabis- porque la sociedad marroquí “de momento, no está preparada para eso”, señala Mehdi Bensaid,  diputado del Partido Modernidad y Autenticidad (PAM), que está dispuesto a redactar un proyecto de ley y convencer al resto de las fuerzas políticas de los beneficios medicinales e industriales del cannabis.

Desde su despacho en el parlamento de Rabat, Bensaid es capaz de vislumbrar en los verdes campos del norte un nicho importante de mercado para la economía marroquí. Ya ha contactado con algunas farmacéuticas interesadas en la explotación de la planta: “Les atrae la idea de empezar a trabajar con los agricultores para proponer productos sanos, legales, a partir del cannabis. Lo importante para nosotros es que se podrían crear empleos y una oportunidad para los jóvenes de la zona y el Estado obtendría más ingresos vía impuestos. Se crearía riqueza”.

De la planta del cannabis puede aprovecharse prácticamente todo. Sus semillas se han empleado desde hace siglos en la preparación de alimentos para el ganado, su aceite puede utilizarse como producto cosmético o medicinal y sus fibras se emplean para fabricar cordel, papel, velas de barco, ropas e incluso aislantes que se utilizan en la construcción de edificios.

“¿Fines medicinales o industriales? ¡Lo que espero es que no lo usen con fines políticos!” –exclama Abdelatif Adebibe, presidente de la asociación para el desarrollo del Rif central, que comenzó a trabajar en la legalización del cannabis en 1999 y denuncia el olvido histórico de las montañas del norte por parte de las autoridades marroquíes. Dice que lleva años escuchando promesas políticas de todos los colores.

En su casa a pocos kilómetros de Ketama, entre manzanos y cedros, relata cómo su tribu, la de los amazigh Sanhaya, fundadores del imperio almorávide, resistió y continuó luchando incluso después de la rendición de Abdelkrim, el líder rifeño que plantó cara al colonialismo francés y español en los años 20 del siglo pasado. “Y después de todo nos han olvidado. Nadie ha hecho nada”- se lamenta.

En esas montañas y en esa casa, la de su padre, se reunía la resistencia urdiendo planes para subir armas desde Tetuán hasta las montañas y estudiar estrategias de combate. Esta estirpe de guerreros de las montañas luchó contra el colonialismo hasta la independencia de Marruecos en 1956 y sigue luchando todavía hoy para salir del subdesarrollo del Rif. “Legalizar, sí, pero legalizar ¿qué? y ¿dónde?. Ésa es la pregunta. Porque ahora todo el norte cultiva cannabis pero el dinero está en manos de los grandes terratenientes”.

Adebibe apuesta por hacerlo en el alto Rif central, que comprende buena parte de la provincia de Alhucemas y una comuna de la vecina Chaouen. Esa región ha convivido con el kif desde el siglo XVI. Los problemas comenzaron en la Conferencia de Algeciras de 1906, donde Francia y España se reparten el territorio marroquí. En  1912 se crea el Régis des tabacs et du kif, una sociedad de capital francés que ejerció el monopolio de la venta hasta 1932, cuando Francia firmó el acuerdo internacional contra los estupefacientes y prohibió el cultivo del cannabis en la zona del protectorado francés. Se permitía la venta local, sin embargo, en cinco comunas.

En 1954 Mohamed V acabó prohibiendo del todo el cultivo y la venta, pero siempre hubo manga ancha en la llamada “zona histórica”, la que rodea Ketama, la de los pequeños agricultores. Esa convivencia entre lo ilegal y lo tolerado pervive hasta hoy. Hay detenciones, sí, y también controles, pero los campos de kif son un secreto a voces y nadie se ha atrevido nunca a erradicarlos por completo. “Si lo hicieran, se armaría una revolución –asegura Adebibe- . No pueden quitarles lo único que les da de comer”.

Después de que se marcharan los últimos hippies que la popularizaron, la ciudad de Ketama (hoy Issaguen) sigue siendo el lugar en el que las guías turísticas recomiendan no pernoctar. Apenas hay dos grandes calles con puestos ambulantes y unas cuantas tiendas de ultramarinos que se animan en el mercado local de los jueves. Más allá, dos explanadas repletas de basura aparecen rodeadas de un paisaje idílico de cedros que no encaja en la fotografía. Un potencial que no se ha querido o no se ha sabido explotar hacia el turismo.

También se sale de plano el hotel Tidighine, el antiguo parador, un establecimiento de cuatro estrellas que de vez en cuando acoge en su bar a lo más florido de los trapicheos de la zona. El bajo índice de desarrollo se extiende hasta los límites de la zona histórica, en Bab Barred (la puerta del frío), que tampoco puede describirse como un paraíso made in Lonelyplanet, pero que sí da muestras del pequeño enriquecimiento de los traficantes locales en forma de colecciones de vehículos 4×4 y algún hostal que lava más blanco que el resto.

Hace 14 años, Adebibe  se fue con su proyecto de desarrollo económico para el alto Rif central bajo el brazo a todos los despachos de Rabat: autoridades nacionales, locales, regionales, embajadas,…  un plan que incluía continuar con el cultivo tradicional del kif y legalizarlo pero, al mismo tiempo, poner en marcha una política para dar oportunidades a los pequeños agricultores: electrificar la zona, plantar árboles, abrir centros de formación y colegios, relanzar la ganadería, …

De todo ello, sólo consiguió 18.000 frutales y la electrificación de uno de los valles cercanos a Ketama, que estuvo a oscuras hasta 2005. No hay escuelas salvo las de primaria. Para estudiar a partir de los 10 años hay que enviar a los niños a Ketama, y la dificultad de recorrer varios kilómetros hasta allí, en invierno, en plena nieve, hace que los chicos dejen de estudiar.

Hoy Adebibe quiere volver a intentarlo aprovechando que algo se mueve en el Parlamento de Rabat. Le ha enviado una carta al presidente del gobierno, Abdelilá Benkirane y se propone hablar con el rey Mohamed VI. “Si no se dota a la zona de infraestructuras y se forma a la población, de poco servirá legalizar. De todos modos, con o sin ley, la gente seguirá cultivando. Aquí esto es legal de facto, digan lo que digan los políticos, pero se trata de darles una vida mejor, para que no sean esclavos modernos” –sentencia Adebibe.

”No se puede esconder la cabeza – señala el diputado Bensaid-. No se puede negar. El producto existe”. Todo el norte vive en buena parte del kif  e incluso sirve de moneda entre vecinos cuando escasean los dírhams en la cartera. Los campos alfombrados de cannabis cubren las montañas y los valles. Los hijos pequeños de Hamid corretean entre las plantas cortadas. Las gallinas picotean los granos sueltos que han caído al suelo. Nuevos brotes crecen entre las piedras, en los resquicios de las puertas. Como dice una broma local, el kif crece hasta en el alquitrán. “Sin él estaríamos muertos” – comenta Hamid, que todavía espera a algún comprador que venga a llevarse sus 400 kilos.

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El Buenavista Social Club argelino. Blues de la casbah.

Artículo publicado en http://www.elconfidencial.com. Julio 2013IMG_2505

Todos rondan los 70 años. Son músicos judíos y musulmanes, hijos de la casbah de Argel, donde empezaron a tocar apenas con 10 años con palos y bidones y más tarde con guitarras, pianos y mandolinas. Son los últimos representantes de la música chaabi, la música popular argelina. La religión no pudo separarles, pero la guerra de la independencia de Argelia lo consiguió. Unidos de nuevo por la música y por un documental 50 años después, llevan dos años de gira por todo el mundo. Esperan ir pronto a España.

En mitad de la actuación de la orquesta, Robert Castel (Argel, 1933) arranca  del público los aplausos más sonoros con una versión del Je suis un pied-noir (Soy un pies negros) de Luc Charki.

Soy un pies negros

Nacido en la casbah

Con la alegría en el corazón

Y aunque la Historia

Nos haya hecho cambiar el trote

Seguimos siendo pies negros.

El éxodo.

Luc Charki y Robert Castel, los dos judíos, son dos de aquellos pies negros, 900.0000 argelinos de origen europeo y judíos sefardíes que tuvieron que dejar Argelia después de la independencia. “Salí de Argelia en barco en junio de 1962, con mi madre, mi padre, mis dos hermanas y mi hermano”. A Castel, hijo del conocido músico Lili Labassi, le ha ido muy bien en Francia como actor y cómico y nunca – “algún día”, suspira- ha querido regresar a Argelia.

Como tantos otros, tuvo que convencer a su madre para dejar su casa de Argel, los muebles, la vajilla,… y embarcarse rumbo a la madre patria que, en la mayor parte de los casos, no recibió con alegría a sus hijos pródigos. Dejando todo atrás, pertenencias y amigos, se subieron a los barcos abarrotados que llegaban a Marsella.

En Francia fueron discriminados, caricaturizados como colonos explotadores después de dejar una Argelia en la que las matanzas eran diarias entre la Organisation de l´Armée Secrète (OAS), de extrema derecha, creada para oponerse a la independencia y a la que se habían unido muchos pied-noirs, y el Frente de Liberación Nacional (FLN). “Tenían que elegir entre la maleta y el ataúd” resume el musulmán Abdelmajid Maskud, que ha vuelto a encontrarse con Robert Castel 50 años después de aquel éxodo.

El reencuentro.

 En 2003, la arquitecta irlandesa de origen argelino Safinez Bousbia viajó a Argel para conocer más de su propia historia y, paseando por las calles de la casbah, vio un espejo en un escaparate que llamó su atención. Entró en la pequeña tienda para hablar con el propietario, Mohamed Ferkioui, y en el transcurso de la conversación Ferkioui le habla de un pasado brillante como acordeonista y director de orquesta con todos los músicos de la época. Le habla con nostalgia del ambiente de los cafés nocturnos en Argel, de las reuniones y las veladas de música chaabi, la música popular argelina que cultivó el maestro El Hadj Mohamed El Anka, de las celebraciones, de las bodas, de todo lo que se perdió con la guerra de la independencia de Argelia (1954-1962).

Ferkioui había perdido la pista a una buena parte de sus amigos músicos, judíos y musulmanes, todos hijos de la casbah, que tocaban juntos. “Jamás volví a ver a los que se fueron”, explica a la joven. La mayoría formaba parte de la primera clase de música chaabi del conservatorio municipal de Argel, dirigido por El Anka. Ferkioui le muestra las fotografías en blanco y negro, envejecidas, de las orquestas, en los años 40 y 50, los carteles anunciando actuaciones y Bousbia decide emprender un proyecto ambicioso: reunirles a todos 50 años después, grabar un documental y hacer renacer la música chaabi, que se estaba disipando poco a poco y de la que apenas quedaba nada.

No fue fácil. El proceso duró ocho años, dejó su trabajo y se empleó con todas su fuerzas, pero al fin consiguió reunir a una buena parte de aquellos músicos. Los que se quedaron en Argelia hicieron el mismo trayecto en barco, hasta Marsella, que 50 años atrás habían hecho compañeros suyos, como Robert Castel. “Todos lloramos cuando bajamos de aquel barco y les vimos esperándonos en el puerto. Lloramos de verdad, no porque hubiera delante una cámara”, recuerda el guitarrista y cantante Mohamed Sergua.

Sergua era el benjamín de toda aquella cuadrilla de músicos y comenzó a tocar “con un bidón de aceite y un palo” a los 12 años. Luego llegó el conservatorio. “Me acuerdo muy bien de cómo el maestro El Anka me llevaba en su coche con los mayores. Él siempre decía que el arte se presenta delante de cualquier puerta. Por eso hay que respetar a los mayores y a los pequeños”.

La música chaabi sobre todas las cosas.

“El chaabi es la música del pueblo, de las clases bajas, es como el blues en los Estados Unidos”, sentencia Maskud”. La música chaabi nació en las calles de Argel. Es la música de la gente de la casbah, de los barrios populares de la capital argelina. Es una mezcla de ritmos andalusíes, árabes, mediterráneos, que hoy se puede escuchar en todo el Magreb, que está reviviendo aquellos años de gloria después del documental de Bousbia (El Gusto, 2011).

“El maestro El Anka hacía pasar, mediante sus canciones, los mensajes de los independentistas a los argelinos. Decía “sed fuertes, permaneced unidos” en sus letras. Después muchos dejamos de tocar durante un tiempo”, se lamenta Sergua.  Habían perdido a familiares y a amigos, no había ganas de fiesta, y la historia se repitió en los años 90, en la década negra de los atentados islamistas y las matanzas del ejército. “Fueron años muy difíciles”, recuerda Eyamine Abderrahman, que permaneció diez años sin acercarse a una mandolina ni cantar. “En los 90 trabajaba en una empresa como jefe de personal. Salía por la mañana de casa y nunca sabía si regresaría vivo por la noche”.

El Gusto.

Hoy quieren dejar atrás la sangrienta historia argelina. Les cuesta hablar de los años difíciles y de los amigos que murieron y están completamente entregados a una gira perpetua, por África, Europa y ahora en los Estados Unidos, desde 2011. “Es maravilloso. Nos bajamos de un avión y nos subimos a otro. Nos bajamos de un barco y nos subimos a otro. Y tocamos con los amigos de siempre”, sonríe Rachid Berkani, un seductor guitarrista de 72 años convertido en una celebridad en Argelia. “Me paran todo el tiempo por la calle, porque salgo en la portada del disco”. Recuerda un viaje a España, a Sevilla, y haber estado tocando con Juanito Valderrama y Paco Martínez. “¿Siguen vivos?”, pregunta. A su edad, son conscientes de que esta es su última oportunidad para hacer lo que siempre soñaron, y la están aprovechando.

Han bautizado así, El Gusto, a la nueva orquesta, porque quieren transmitir el gusto por la vida, por los placeres sencillos, la alegría de aquel ambiente en Argel en los años 50: “Las mujeres, las sardinas asadas, la noche de Argel. Ah, sí, todo eso volverá. Volverán los cafés nocturnos y que los jóvenes no salgan de casa hasta las ocho de la noche para ir a tocar”, vaticina Maskud.

“Si me quieren rendir homenaje, que lo hagan ahora. Después de muerto, ¿para qué?”, cuenta en el film el musulmán Ahmed Bernaoui, fallecido poco después del estreno. También se ha quedado por el camino, ya cuando estaban de gira, el judío René Pérez. “Volver a tocar con los amigos es lo más importante. Nunca nos importó quién era judío o quién era musulmán o si iba o no iba a la mezquita”, cuenta Sergua, emocionado porque “Safinez nos ha hecho salir de una concha que estaba bien bien cerrada y ahora hemos conocido el mundo”.

Muchos de ellos jamás habían pisado otra tierra que la de Argel. Hoy la orquesta la forman 42 músicos en total. Más de una decena de los antiguos a los que se han sumado los nuevos jóvenes talentos del chaabi. Firman autógrafos, no se cansan de contar su historia a quien quiera preguntarles y posan, coquetos, antes de los conciertos, actuando o de cena, en las actualizaciones de sus estados en Facebook. “Es un sueño convertido en realidad. ¡Y vamos a ver Hollywood!”, apunta Berkani.

El cómico que lleva dentro Castel se arranca, aflamencado, durante la actuación en Fes, en Marruecos. Deja el violón a un lado y se lanza a cantar en español entre aplausos y risas del público y de sus compañeros de escenario:

Al pie de un árbol sin fruto/

Me puse a considerar/

Ole la improvisación de la noche/

Qué alegría/

En esta noche de la música chaabi/

Con mis compañeros/

Viva Málaga y viva Madrid/

Viva Sevilla y el barrio de Triana… y viva la libertad!

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