Amanecer en el desierto. Dormir en la nieve.

Hubert Lyautey era la máxima autoridad francesa en Marruecos cuando se estableció el protectorado en 1912 y a él se atribuye la frase: “Marruecos un país frío con el sol muy caliente”. Lo que no dijo Lyautey es que en un solo día de viaje por este país es posible salir del verano por la mañana y entrar en el invierno por la noche.

Erg Chebbi.

Rumbo al sureste desde Rabat, hasta el otro extremo del país, junto a Argelia, llegamos a las dunas en una noche sin estrellas, con lluvia en el desierto y sin más luz que la del albergue, los faros del coche y el frontal. Viajo con un grupo de amigos, entre ellos, el equipo de TVE en Rabat. Para los que nunca habíamos pisado esa tierra, era imposible anticipar el espectáculo a unos pocos cientos de metros al abrir la ventana de la habitación al día siguiente: una enorme duna ocre-rosada, palmeras a sus pies y un mar de arena que se adivinaba detrás de ella. Irreal como la ilustración de un cuento o una foto de Instagram pasada de filtros.

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Las fotos nunca hacen justicia a la naturaleza. Ya lo he vivido en otras partes del mundo. Puedes tirar un carrete entero de fotos del Gran Cañón del Colorado, en Estados Unidos, o del salar de Uyuni, en Bolivia, desde la tierra o desde el aire y nunca es posible abarcar con la lente lo que llega al cerebro a través de los ojos. Supongo que también es una cuestión de percepciones y sentimientos, de lo que transmite el lugar. En este caso, los 27km por 7km de arena de las dunas de Erg Chebbi (erg:arena móvil) a 50 km de la frontera argelina, al borde del Sahara, dejan sin aliento al viajero más viajado.

“Mira, ahora están montando un decorado de chabolas para una película americana”, nos cuenta Nasser Naciri, nuestro guía, propietario de uno de los albergues de la zona, el Nasser Palace y organizador del primer Festival de Músicas del Mundo que se ha celebrado junto a las dunas, en Merzouga. Erg Chebbi , Ouarzazate y las montañas del Atlas, en la misma región, han sido y siguen siendo un gran plató de producciones como Lawrence de Arabia, El Cielo Protector, Babel, El hombre que pudo reinar o Alejandro Magno.

Cuenta la leyenda que las dunas de Erg Chebbi se formaron cuando los habitantes del lugar negaron cobijo y comida a una mujer y a su hijo. Dios se enfadó y enterró a la población debajo de la arena, que en algunos puntos alcanza los 160 metros de altura. Subir hasta arriba y ver el amanecer es una experiencia que ningún visitante se puede perder. La recompensa por la fatigosa subida a pie es contemplar un mar de dunas de arena que va cambiando de color. De los tonos rosados y anaranjados del alba, al dorado del mediodía y el púrpura del atardecer.

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“Si Atacama, en Chile, es el desierto más árido del planeta, Erg Chebbi es el desierto con mejor perfil de dunas del mundo”, explica orgulloso Nasser, quien asegura que el turismo español ha bajado en un 70% desde la crisis. Para revitalizarlo, tuvo la idea de organizar un festival de música con el que pretende atraer a más público a la zona. La fórmula que ha empleado para ponerlo en marcha y traer a grupos internacionales ha sido la fórmula tradicional, la de los nómadas, el trueque: “Yo te traigo y te alojo y tú me das música”.

Las familias nómadas de la zona están viendo, en los últimos años, que su espacio se reduce más y más. Por un lado, les limita la frontera con Argelia y por otro, el nuevo turismo de aventura. En Merzouga se organizan rallys de motos, vehiculos 4×4 y quads, que llevan dinero a pesar de que lo deseable sería apostar por un tipo de turismo más sostenible y más acorde con el paisaje. Por muy excitante que sea recorrer la duna a bordo de un quad, el ruido se hace insoportable en un paraje así. Es mucho más recomendable hacerlo a lomos de dromedario o a pie, con cantimplora y protegido del sol. Ojo, porque las temperaturas en verano alcanzan los 50ºC y el viajero despistado puede verse metido en una insolación que el personal de los albergues trata con aspirinas, agua de rosas y friegas de limones y naranjas.

Por el festival se han paseado grupos locales de música beljún, típica de esta zona, la de Tafilalt; musica gnaua, de origen guineano muy presente en Marruecos; música del Atlas y también grupos internacionales, como Sada, cuyos integrantes son de Barcelona y Marruecos.

Aquí os dejo una parte de la jam session que pudimos disfrutar con ellos.

Se acerca el invierno.

Sí. Cuesta levantarse a las 5AM para subirse a una duna. Sobre todo después de dos semanas de catarro -los virus marroquíes presentan una especial resistencia en mi cuerpo- y una forma física francamente mejorable. Pero merece la pena. Merece mucho la pena. Lo malo es que luego una no puede irse a dormir, como había planeado, porque todas esas imágenes se quedan dando vueltas en la cabeza y no hay manera de sacarlas en horas, o más bien días.

Con el subidón de energía del amanecer en la duna, emprendemos rumbo de vuelta a Rabat. Atravesamos Rissani, entre las ruinas del palacio del hermano mayor del sultán Mulay Hassan; Er Rachidia, que fue plaza militar y opuso fuerte resistencia al protectorado, y Erfoud, famosa por sus fósiles y su Festival del Dátil. Junto a ellas, las tres llenas de burros y bicicletas, serpentea un oasis de palmeras kilométrico, el valle del Ziz, que bien merece otra parada.

Y aquí es cuando empieza el invierno. Siguiendo la carretera hacia Rabat hay que atravesar el Alto Atlas, entre Er Rachidia y Midelt, al otro lado de las montañas. Después de la lluvia y de paisajes de montañas cortadas y sendas que podrían estar en El Señor de los Anillos o en Juego de Tronos, llegó la nieve. Mucha nieve. Tanta, que nos encontramos la carretera cortada al otro lado de Midelt.

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Así que toca hacer noche allí. Toca peregrinar de hotel en hotel porque todos están completos. Terminamos en el Hotel Roi de la Bière (Rey de la Cerveza). Curioso nombre para un hotel. Curioso teniendo en cuenta, además, que estamos en un país musulmán, aunque después de más de un año aquí, empiezo a asumir como algo normal estas contradicciones marroquíes. Decidimos que ése es nuestro hotel pero, en lugar de cerveza, compramos vino para celebrar la primera nevada en una de las tiendas de alcohol más completas que he visto nunca en Marruecos. Ni se le acerca cualquiera de las de Rabat o Casablanca.

El pequeño restaurante donde nos dejan llevar el vino que hemos comprado sirve tajines de pollo y pollo asado con patatas. Es decir, sólo hay pollo y patatas, en distintas versiones. El encargado, un tipo negro, alto y sonriente, nos informa de que se trata de un “restaurante romántico”. Y señala las flores de plástico en la pared, los globos con forma de corazón con los colores de la bandera de Marruecos y los vídeos musicales árabes en la tele que cuentan historias de amor o desamor. Y así, contagiados de romanticismo, terminamos el pollo, el vino, las aceitunas y la ensalada de tomate. Es hora de ir a dormir.

A la mañana siguiente, de nuevo en ruta. Después de haber dejado atrás el invierno de Midelt y el verano desértico de Merzouga, atravesamos el otoño de cedros de Azrou. Árboles de porte espigado y unos 150 años de edad a lo largo del camino. En algunos puntos se puede observar que, a pesar de la prohibición, los cedros son talados para usar la leña. Pero en general, domina el verde de los árboles -los cedros y las encinas- y el campo. Y al final, el valle…

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.. y la primavera. Entrando en Rabat, el termómetro del coche marca 19ºC. Dos días. Cuatro estaciones. Bienvenidos a Marruecos. Marhaba!

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Acerca de elenagmateos

Periodista. Después de un terremoto, cambié el asfalto de Madrid por el sol de Rabat. elenagm@gmail.com
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