Cristianos en Marruecos: “¿Y si un musulmán no pudiera leer el Corán en España?”

– Artículo publicado en El Confidencial. Febrero 2014-

El Hermano Rachid devuelve la llamada a El Confidencial a través de un número oculto y no quiere revelar en qué país ha fijado su residencia. Cuenta –“en el idioma que prefieras: francés, inglés o árabe”– que salió de Marruecos en 2005 junto a toda su familia después de años de persecuciones. Su suegro estuvo seis meses en prisión por proselitismo y él no va a regresar porque, en cuanto pusiera un pie en suelo marroquí, iría directo a la cárcel por el mismo delito.

Rachid es el cristiano más famoso de Marruecos. Su show, Preguntas atrevidas, tiene decenas de miles de seguidores en la cadena de TV evangélica Al Hayat, y también recibe amenazas de muerte todos los días. “’Te vamos a cortar en pedazos’, me escriben a veces en YouTube o en Facebook. Hemos cambiado cinco veces de domicilio, pero mi familia y yo tenemos una causa, conocemos el precio y estamos dispuestos a pagarlo. Alguien tiene que hacerlo”.

Este telepredicador evangélico de 40 años llegó al cristianismo, como tantos otros en Marruecos,escuchando una radio francesa, Montecarlo, que emite en onda media. Le atrajo la idea de un Dios humano que se sacrificó por los hombres y que estuvo entre ellos. Se formó durante cuatro años en cursos por correspondencia, acompañado por un misionero americano, hasta que llegó el momento de bautizarse “en el cuarto de baño de la casa de unos amigos. En la bañera”.

Conoció a su mujer en su círculo de amigos cristianos. Ella viene de una familia conversa y sufrió las burlas de profesores y compañeros de clase. Se casaron legalmente en Marruecos por el rito musulmán y en secreto por el cristiano yno pudo llamar a sus hijos Pedro, Lucas o Juan, como habría deseado, porque la ley obliga a elegir un nombre marroquí. Cuando muera, tendrá que repartir su herencia como dictan las leyes aquí: las mujeres reciben la mitad que los hombres.

Dos años de cárcel por “intentar convertir a un musulmán”

En Marruecos no se pena por ley el hecho de convertirse al cristianismo, pero hacer proselitismo, es decir, “emplear cualquier medio de seducción para quebrantar la fe de un musulmán o tratar de convertirlo a otra religión”, según dicta el artículo 220 del Código Penal, está castigado con penas de cárcel deseis meses a tres años. “Puedes vivir como un cristiano en Marruecos siempre y cuando lo escondas. Puedes serlo en casa, pero no puedes hablar de ello. No puedes encontrar una biblia porque no se pueden importar. Los niños tienen que estudiar el islam en la escuela de manera obligatoria. No puedes reunirte en casa porque la policía llega, entra por la fuerza y te arresta. Para el Gobierno marroquí sigo siendo musulmán. ¿Podemos, entonces, ser cristianos así?”, se pregunta Rachid.

El último delito religioso del reino lo protagoniza el joven Mohamed Al Biladi, de 31 años. Ayer quedó visto para sentencia su juicio en apelación en un tribunal de Fez. Fue arrestado y condenado en primera instancia a dos años y medio de cárcel el pasado septiembre por “intentar convertir a un musulmán”, una acusación que él niega. Mantiene su fe, pero asegura que no intentó convencer a nadie. Una docena de abogados se ha ofrecido a defenderle de forma desinteresada y, después de la sesión de ayer, son optimistas, sobre todo porque su caso se ha publicitado más que otros.

Jamaâ Aït Bakrim no tuvo tanta suerte. Fue condenado en diciembre de 2005 a 15 años de cárcel por “destrucción de bienes del Estado” pero su círculo más íntimo, según publicó la prensa local en su día, cree que los motivos fueron otros. Habló en público de su fe y llegó a poner una cruz frente a su casa. Poco tiempo más tarde, las autoridades colocaron dos postes telefónicos que bloqueaban la entrada a su tienda y, después de varias peticiones infructuosas para que los retiraran, Bakrim acabó por quemarlos. Cumple sentencia en la cárcel de Kénitra, a 30 kilómetros al norte de Rabat. Otros casos nunca ven la luz porque sería una vergüenza para la familia.

Faysal (nombre ficticio) accede a una entrevista bajo la condición de guardar su anonimato ycambia en el último momento el lugar de la cita. No ha pasado por prisión, pero conoce bien a la policía de Marruecos. En 1996 fue arrestado y sometido a interrogatorio a causa de su fe en el transcurso de una investigación sobre las actividades de un misionero americano con el que había contactado. Al misionero le confiscaron una agenda en la que figuraban su número de teléfono y su dirección. “Me llevaron a comisaría y me preguntaron si leía el Evangelio, si conocía a otros cristianos marroquíes y dónde se encontraban. Me dijeron que, por ser cristiano,jamás encontraría un puesto de trabajo fijo”.

Expulsado de su familia

Como consecuencia de la investigación, al enterarse de su conversión, la familia de Faysal le expulsó de casa. “Pasé un mes durmiendo en la calle”. Sobrevivió haciendo pequeños trabajos hasta que decidió cambiar de ciudad y empezar de nuevo. Lo más duro fue el rechazo de su familia. Faysal recuerda haber vivido el momento de su bautismo con sentimientos contrapuestos: “Estaba contento por recibir un sacramento tan importante para mí, pero no pude celebrarlo con los míos”, se lamenta, aunque no se echa atrás en sus convicciones. “Estoy contento por haber encontrado a Jesús, la figura que me atrajo de esta religión, y por haber encontrado a otros hermanos. Al principio creí que yo era el único cristiano de Marruecos”.

Un informe de hace unos meses del Departamento de Estado norteamericano arrojaba la cifra de 8.000 cristianos conversos. Ellos creen que son muchos más, pero la ley del silencio hace imposible calcular el número de cristianos que hay en el país magrebí, la mayor parte protestantes. En 2010, las autoridades nacionales expulsaron a un centenar de misioneros, estadounidenses en su mayoría, que predicaban el Evangelio, y el miedo ha calado hasta los huesos en la comunidad. El instituto rabatí Al Mowafaqa, que imparte teología cristiana a subsaharianos, atiende la llamada de El Confidencial con evasivas: “El director no está en Marruecos en estos momentos y si no se explica bien qué es lo que hacemos aquí, podría tener consecuencias dramáticas”, señalan. Ningún otro responsable accede a la visita de esta periodista.

En la catedral de Rabat, siempre bien vigilada, el padre Germaine Goussa, de Burkina Fasso, oficia la misa de las siete de la tarde ante una minúscula congregación de fieles: seis ancianas francesas, una monja y dos parejas de subsaharianos escuchan la palabra de Dios entre el tintineo del tranvía, que tiene parada junto al templo. El sacerdote sólo lleva un año y medio en Marruecos, pero tiene bien aprendida la postura oficial, más acorde con la ley de los hombres, la que prohíbe el proselitismo en Marruecos, que con la de Dios: “Estamos en un país musulmán y les agradecemos que nos acojan como cristianos. La Iglesia católica respeta la ley del país. Sí, es una pena que no podamos acoger a los marroquíes, pero si alguien viene y le bautizamos, hay que pensar en las consecuencias que eso podría tener”.

Desde Salé, ciudad vecina de Rabat, el padre Hicham (nombre ficticio), asegura que nunca ha tenido problemas con el Estado, que su único trauma es no haber podido volver a saludar a su familia, a pesar de que viven en la misma ciudad. Uno de sus familiares ha llegado a cambiar de mecánico, porque llevaban el coche al mismo taller, para no tener que encontrárselo. Sin embargo, no quiere decir por teléfono cómo celebran los cultos. Lo explica el Hermano Rachid: “Se celebran en casa de amigos, como si fuera una cena. Hacemos nuestros rezos, cantamos, pero en silencio, para que no te oigan los vecinos. Cuando terminamos, salimos de dos en dos, para no levantar sospechas”.

“Imagina que un musulmán en España no pudiera leer el Corán o que no pudiese llamar Mohamed a su hijo. Es absurdo, pero ellos lo ven de esa manera. Todas las leyes tienen que estar a su favor”, continúa, enfadado, Rachid. Hace justo un año le escribió una carta abierta al rey Mohamed VI, en forma de vídeo, en la que pedía derechos para los cristianos marroquíes: tener biblias, poder reunirse, enseñar el cristianismo a los niños, poder elegir nombres cristianos y poder celebrar matrimonios y cultos.

El Estado marroquí no parece estar dispuesto a cambiar sus leyes. Según el padre Hicham, sería una provocación para el sector más duro de los islamistas, al que Marruecos quiere mantener a raya, así que seguirán celebrándose bautismos en bañeras, se seguirán trayendo biblias con las tapas camufladas y las celebraciones nunca serán multitudinarias en los banquetes de boda. Para el Hermano Rachid, lo más peligroso del cristianismo a ojos de Marruecos es que permitiría a los musulmanes hacerse preguntas, iniciar un proceso de pensamiento crítico y cuestionar lo establecido. “No puedes cuestionar si el Corán viene o no de Dios. Pero ¿y si fue Mahoma quien lo escribió, él mismo, sin ninguna revelación?”. Esa es, probablemente, una de las preguntas más atrevidas del Hermano Rachid.

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Acerca de elenagmateos

Periodista. Después de un terremoto, cambié el asfalto de Madrid por el sol de Rabat. elenagm@gmail.com
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