Los hijos marroquíes de la yihad en Siria

-Artículo publicado en Correo Diplomático. Diciembre 2013-

Con una precisión dolorosa, contando las punzadas de la ausencia día tras día, Hafida relata con fechas exactas cómo mide el tiempo desde que no ve a su hijo Tarik. “Se fue a Siria hace dos años. A los cuatro meses de su partida, su padre murió. Se casó hace algo más de un año con una mujer siria. Hace tiempo que no hablo con él, pero suele llamarme. Me dice que todo le va bien, que no le falta de nada, gracias a Dios, y que no va a regresar”. Tarik, de 27 años, del barrio de Zawia, en Fnideq, se fue un día con dos amigos del vecindario y nunca más volvió. Se fue “el mejor de los cuatro hijos” de Hafida sin decir adiós y sin contar sus planes, como tantos otros hijos de esta localidad fronteriza con Ceuta.

Desde 2011, decenas de jóvenes han salido de allí para unirse a los combatientes sirios contra Bachar al Assad. Entre ellos, Abdelaziz el Mahdali, del barrio de Ras Loutta, uno de los focos integristas de la ciudad. Mahdali es un caso especial porque, según cuentan los vecinos, su familia sí estaba al tanto, le apoyó, e incluso ha conseguido llevarse a Siria a su esposa. Su hermano tiene un puesto de ropa de mujer en el mercado de Massira al Khadra (la Marcha Verde), una zona de reclutamiento de futuros yihadistas donde nadie habla pero donde se sabe que Mahdali se ha convertido en el cabecilla de un grupo de combatientes. En un vídeo grabado en territorio sirio, que circula en redes yihadistas en internet, este emir marroquí arenga a sus soldados después de rezar y advierte a Bachar al Assad: “Te juro que llegaremos hasta tu propia casa. Vamos a luchar para defender a los que no tienen fuerzas”.

A pocos metros del mercado se encuentra la parada de taxis donde suele recoger clientes Mohamed. Habla con desapego de la transformación de su hijo Hamido, de 23 años, porque ya no le considera su hijo. “Quiero borrarle del libro de familia”, asegura. En un período de un año, Hamido pasó de frecuentar chicas, jugar al fútbol y llevarse algún coscorrón del padre por no ir a la mezquita, a reunirse con personas ajenas a familiares y amigos en casas privadas, encerrarse para ver vídeos yihadistas después del trabajo -en una tienda de móviles- y sermonear a su hermana pequeña por ver la televisión. Se dejó la barba. Cuando estaba en casa no contestaba a las llamadas a su móvil. Mohamed empezó a sospechar. “Estás jugando con fuego y te vas a quemar”, le advirtió. Pero no sirvió de nada. Después del Ramadán, el pasado agosto, Hamido se fue a Siria.
“Le lavaron el cerebro”, afirma categórico Anas, amigo de Hamido desde la infancia. “Era un chico normal, como nosotros. Salía con chicas y vestía jeans pero, en unos meses, todo cambió. Empezó a llevar la djellaba, a asistir a manifestaciones salafistas y dejó a su novia. Intenté convencerle de que no fuera a Siria y, de hecho, hace un tiempo me decía que aún no podía ir porque tenía que perfeccionar su Islam hasta que fuera capaz de ver la luz para estar dispuesto a morir”. Anas no sabe con certeza quién reclutó a Hamido y al resto de jóvenes en Fnideq para que se unieran a la vertiente violenta del salafismo (la corriente más rigorista del Islam) porque los reclutadores “van de tapado”, dice. Su ropa y su comportamiento no llaman la atención ni les asocia con grupos extremistas.

Abdellah Rami, investigador del centro marroquí de Ciencias Sociales de la Universidad Hassan II en Casablanca, asegura que estos reclutadores de jóvenes son una ‘nouvelle vague’ de salafistas yihadistas que quieren dar la imagen de que el movimiento “tiene clase”, explica. “Llevan djellaba blanca y jeans al mismo tiempo. Es un poco maquiavélico. Saben explotar muy bien las guerras y manejar las imágenes, y venden a los jóvenes una especie de nueva moda contra el sistema, como los ‘hippies’ en los años 60 y 70, solo que, en este caso, la idea es ser buen musulmán, y para ello lo que se lleva es hacer turismo armado por todo el mundo”.
Hacen creer a estos jóvenes que están ante una oportunidad que les dignifica, les conduce por el camino recto, les aparta del pecado y les da acceso a una lucha de orden superior. Un atractivo paquete envuelto en un discurso plagado de fórmulas, jaculatorias y arengas, como las de los vídeos yihadistas de Siria, Irak o Afganistán, en un lenguaje que suena a religioso, aunque el contenido esté, en realidad, muy lejos de los preceptos más básicos de la moral musulmana. Este ‘modus operandi’ tiene un gran efecto entre una población con un escaso o nulo nivel de estudios, con pocas perspectivas de futuro y cuya máxima aspiración, como en el caso de los jóvenes de Fnideq, es vivir del trapicheo con Ceuta.

Pero, además, a veces también hay un incentivo económico. Anas explica que el rumor que llega de los marroquíes que se han marchado es que pagan 100 euros al día por luchar en Siria, y Mohamed cuenta que a él le ofrecieron ejercer de reclutador de jóvenes. “Les dije que no”, asegura. ¿Y cómo se supone que tenía que convencer a los jóvenes? “Cualquier cosa sobre el Profeta que le digas, con aplomo y seguridad, a alguien sin estudios, la va a creer”, explica. La contrapartida para Mohamed era dinero. “Dinero saudí”, puntualiza, haciéndose eco de la extendidísima explicación en todo el mundo árabe-musulmán de que es el oro saudí -o el kuwaití o catarí, añade el investigador Rami- el que paga la mezquita wahabita del barrio, las armas del comando yihadista, la escuela coránica o el billete de avión Casablanca-Estambul para ir a Siria.
Esta red de reclutamiento está especialmente activa en el norte: en el eje Fnideq-Ceuta, en Tánger y en Tetuán. En esta última ciudad vive el cheikh Omar Hadouchi, presente en todas las quinielas del Islam más radical que manejan los servicios de inteligencia marroquíes y españoles. Hadouchi fue condenado a 30 años de prisión como ideólogo de los atentados de Casablanca, que causaron la muerte de 45 personas en 2003. Él siempre lo negó. Su abogado, el actual ministro de justicia Mustafa Ramid, también lo negó, y acabó siendo indultado en febrero de 2011. Según Rami, “Hadouchi está muy conectado con las redes yihadistas europeas que, a su vez, tienen línea directa con las de Oriente Próximo”. Las fuerzas españolas de seguridad le señalan como un elemento clave de las redes de reclutamiento y captación de jóvenes que llegan hasta Ceuta, desde donde han salido, también camino de Siria, una docena de españoles.

El otro nombre clave en este círculo de predicación del Islam extremo en Marruecos es el de Mohamed el Maghraoui, cuyo apoyo al yihadismo en Siria no es tan evidente, pero a quien se considera un peligro por ejercer una especie de “terrorismo intelectual”, según escribía el semanario Actuel. Sus escuelas coránicas de formación de predicadores salafistas están presentes en todo el país para extender la influencia wahabita, extraña a la tradición islámica marroquí pero que ha seguido creciendo durante el reinado de Mohamed VI.
El Barrio Negro de Fnideq es un ejemplo visible de esta influencia. Junto a la mezquita de Arrajma, una mujer cubierta con un niqab y sus dos hijas adolescentes, vestidas de la misma forma, caminan por la calle mientras Hicham, de 24 años, relata que hace dos semanas se enteró de la muerte de su hermano Said en Siria. “Un amigo me enseñó una foto colgada en Facebook donde aparece muerto junto a un compañero”, explica. Said, igual que Mohamed, igual que Hamido, se marchó sin decir que planeaba combatir en Siria. Su hermano cree que le reclutaron dos hombres que frecuentaban el barrio, uno de ellos originario de Fez. “Le pagaron el billete a Estambul y después le entrenaron en Siria, porque carecía de formación militar. No tenía trabajo. Se ocupaba de nuestros hermanos pequeños”. Sólo llevaba un mes allí cuando murió en combate.

Es difícil dar cifras exactas del número de combatientes extranjeros que han ido a unirse a las filas contra Bachar al Assad. Según el Centro Internacional de Estudio de la Radicalización (ICSR), hasta 11.000 combatientes no sirios han partido hacia allí desde el año 2011. De ellos, entre 34 y 95 son españoles y se cuentan entre 77 y 91 marroquíes, aunque fuentes salafistas elevan esta cifra a 412 combatientes marroquíes muertos en Siria desde 2011 hasta finales de 2013, y las autoridades marroquíes creen que son algo más de 200. Ya no es un fenómeno local, sino que poco a poco se va internacionalizando y se extiende por todo el mundo.
Todos los días, jóvenes como Hamido planean partir para combatir y están dispuestos a morir por ello, sin nada que perder. Para Hamido, la recompensa no estaba en esta vida, sino en la otra, como le explicaba a su amigo Anas: “Empezó a dejar de amar la vida para amar la vida después de la muerte. Eso era, para él, alcanzar la perfección”.

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Acerca de elenagmateos

Periodista. Después de un terremoto, cambié el asfalto de Madrid por el sol de Rabat. elenagm@gmail.com
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